Se abrió la puerta, y un haz de luz dejó dislumbrar las motas de polvo que sobrevolaban la taberna. Por ella entró un encapuchado, con unas espadas en su cinto, mientras esbozaba una sonrisa perceptible en el espacio que quedaba libre de tela.
Se la quitó, y con un tono dulzón y alegre dijo:
-Joder, llevo aquí unos días, pero no pensé que necesitarais que viniera a saludaros para que fuerais consciente de mi venida, ¡sólo Espada ha sido capaz de saludarme e invitarme a unas meretrices tras tanto tiempo sin vernos!
Tras eso, se fue a la barra a pedir una jarra de hidromiel, mientras esperaba a que sus amigos se recomponieran de tan inesperada llegada para disponerse a saludarlos amigablemente con un abrazo.