La terriblemente vieja, pero aun resistente, estantería reposaba junto a la tranquila chimenea. El posadero no había mentido en sus palabras, había más mantas de blanca lana, toscamente tejidas, descansando en las gastadas repisas de sauce, que libros. Tan solo cinco tristes volúmenes que competían por el espacio con las ahuecadas, deshilachadas y manidas mantas, aunque para cualquier observador, y no hacía falta ser especialmente despierto para darse cuenta de ello, esta batalla hacía tiempo que había sido perdida por los libros, las victoriosas piezas de lana se regocijaban de su conquista ocupando más de los dos tercios de la estantería de madera blanca, algo comida por los años, y tal vez, por las termitas también, en alguna que otra ocasión en el pasado.
Mergan repaso los escasos títulos con no poco interés, a pesar de ser un número limitado, cada libro era un pequeño tesoro cargado del más variopinto conocimiento, como el viajero sin rumbo pudo descubrir. Ojeó el primero, descubriendo que debía de ser algún tipo de libro de antiguas recetas propias de la zona. Garabatos aquí y allí salpicaban las amarillentas hojas cubriendo cada renglón que la tipografía original había dejado en barbecho para que un novel escritor, como había ocurrido en esta ocasión, dejara su huella en tinta. En un primer momento el descalzo viajero pensó que tales garabatos habían nacido bajo la pluma que sujetaba los dedos de Akrathos, el enorme posadero podría haber rflejado sus impresiones por escrito de alguna de aquellas recetas, pero no tardo en descubrir que la letra, e incluso el color de la tinta -algunas veces antojada azul, otras verde y en muy pocas ocasiones incluso rojo, aunque tal vez esa última no fuera tal tinta- cambiaban en cada nuevo y extraño comentario que compartía lugar en ese olvidado listado de platos.
El siguiente volumen sorprendió especialmente al viajero, se trataba de uno de esos libros del norte, de las heladas tierras de Vradieslavia, y no lo descubrió por sus complicados caracteres, tan indescifrables y crípticos como las propias gentes que habitan esa tierra, sino por su original forma, un libro triangular, tan solo sujeto por su vértice más largo. Lo abrió, a pesar, de antemano saber que no lo entendería, pero la curiosidad, esta vez, le pudo más que la razón. El libro se desplegó en un abanico de hojas oscuras, pobladas por infinitas de esas peculiares letras en tinta plateada y dorada, que en ocasiones se abrazaban entre ellas en curiosas uniones sintácticas. De ser ciertas las historias, los cuervos habían aprendido esta curiosa confección de libros de los ahora extintos enanos, uno de los muchos legados que estos habían compartido con los humanos.
El fuego chispó, pequeñas esquirlas de madera incandescentes saltaron de la chimenea para morir consumidas antes de tocar el suelo cubierto por la alfombra manchada de hollín.
El tercer libro, olvidado, descansaba tumbado sobre la repisa, furtivo para aquella clientela que no se acercara lo suficiente a la vieja estantería donde reposaba. Las filigranas en su cubierta, las cuales ya habían perdido su color dorado en su mayor parte, rezaban “Romancero de una Guerra”, dentro, letras apiñadas, un concienzudo trabajo de imprenta, ofrecían en cada hoja un pequeño poema. Los pocos que leyó por encima Mergan hablaban de grandes héroes y cruentas batallas, pero todos tenían un común, la victoria del Imperio Asenita sobre la Corte Derrocada.
“Flora y fauna de la bahía de Varsilea”, un nombre interesante para el siguiente texto, tal como pensó el descalzo viajero. A pesar de que Varsilea hacia años que había desaparecido, devorada por una horrible plaga que acabo con todos sus habitantes, según algunas pesimistas lenguas, o caída en desgracia tras años de continuos saqueos corsarios, según otras, el compendio naturalista se le antojó interesante a Mergan y disfrutó descubriendo como en cada hoja extraños animales que nunca antes había visto convivían entre ellos de las más peculiares formas interpretadas por la excesiva creatividad del artista que ilustraba cada una de las alocadas descripciones del escritor. Se sorprendió al descubrir una par de flores secas, olvidadas por su propietario y escondidas entre las hojas, las cuales habían manchado las ilustraciones donde habían sido ocultadas, dejando su silueta marcada como un preso marca los días perdidos en la pared de su oscura y olvidada celda.
El último tomo era pequeño pero grueso en su volumen, sus tapas eran de un oscuro y manchado cuero marrón y el olor a cerveza negra las impregnaba por completo, aunque la curiosa fragancia no hizo ascos a Mergan y en poco tiempo sus manos se contagiaron del fuerte aroma de la cerveza. Lo más sorprendente del aquel pequeño libro es que estaba sellado por un intrincado cerrojo, que a pesar de la sucia cubierta, se encontraba brillante como si alguien lo lustrara a conciencia cada día. Desgraciadamente para la curiosidad del viajero errante, aquel cerrojo se negaba a abrirse sin la llave adecuada para tal menester, sin llegar a compartir con este las maravillas que podría esconder en su íntimo interior.