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¿Acaso piensas dejar que Phidias siga siendo la actual Leyenda Invicta?

Ármate de valor y arrebata ese título en un Duelo de Taumaturgia.


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Autor Tema: Salón del Refugio del peregrino  (Leído 1351 veces)

0 Usuarios y 2 Visitantes están viendo este tema.
Mergan
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  « 09 Noviembre, 2011, 01:05:48 »
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Extiendo las dos manos para coger el cuenco con delicadeza, como si pudiera derramarse en cualquier momento. Una vez la comida esta a salvo en la barra cojo la cuchara.

- No, gracias, de momento estoy servido- Y empiezo a comer ávidamente. Poco a poco disminuyo la velocidad y empiezo a saborear. - ¡Esto esta exquisito! - Exclamo sin dejar de mirar al plato. Seguidamente, me quedo en silencio, saboreando cada trozo de pan bañado en caldo.
Cuando la última punta del pan recorre el borde del tazón recogiendo los últimos vestigios de sabor que le quedaban alzo la vista al frente y me golpeo el pecho.
- Enhorabuena - Le digo al posadero - Lo noto por las venas...- Me levanto y reacomodo mis cosas en el asiento del al lado, después me vuelvo a sentar y pregunto algo inquieto - Disculpa, Akrathos. ¿Vendes tabaco?-


De acuerdo. ¿Hay chimenea? Supongo que sí, XD. 

 
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Belasias
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  « 09 Noviembre, 2011, 15:24:45 »
Respuesta #51
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"El Silencio del Envidioso está lleno de Ruidos"
-¡Claro que sí!, pocas mercancías son de las que no tenga género, caballero. Dispongo de una maravillosa picada de tabaco, con aromas frutales del exótico sur, traída de la misma capital del imperio Ahzurí, una calidad que un buen fumador sabrá reconocer, aunque también, si lo prefiere, tengo un espléndido tabaco de la provincia, áspero pero con fuerza, sembrado en las mismas heladas fronteras con los reinos de Vradieslavia, ¡esos malditos cuervos sí que saben cultivar tabaco, créame! –La voz del posadero se trocó en apenas un susurro mientras sus  despiertos ojos viajaban inquietos entre su descalzo interlocutor y el soldado, que aún continuaba limpiando sus heridas, sentado en soledad en su mesa.- Aunque claro, si lo que realmente busca son verdaderas emociones, me queda aún algo de picadura de violetas, para consumo propio, obviamente, pero que por una módica cantidad, no me importaría compartir con vos esta exquisitez de los felidae, siempre y cuando haya traído su propia pipa.

Recogiendo tanto el cuenco vacío, como la cuchara que lo había acompañado, la voz del gigantesco posadero recupero su volumen habitual para decir sus últimas palabras antes de marcharse de nuevo a la fragante cocina que se encontraba tras su espalda.

-Dígame si realmente se ha sentido tentado por alguna de estas hierbas y se la traeré gustoso. Mientras tanto, y si así lo prefiere, puede sentarte en uno de los sillones junto a la chimenea, en noches como estas es agradable que el calor del fuego inunde nuestro cuerpo, ¿No lo cree así?
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Mergan
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  « 09 Noviembre, 2011, 20:44:39 »
Respuesta #52
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La voz del posadero retrona en mi mente como una tormenta, este hombre habría sido un gran orador en otra vida. Mi cabeza divaga entre los aromas que evocan las palabras de Akrathos, cuando de pronto comenta lo de las violetas. En el bosque he fumado violetas, pero con más gente puede ser diferente, parece un lugar apacible, pero las apariencias a veces engañan. De todas formas las compartiría gustoso con este hombretón si así se lo propone.

Ante sus últimas palabras me giro hacia la chimenea y cada vez la idea de sentarme en uno de los sillones se me hace más atractiva.

- Me gustaría comprarle una onza de cada tabaco, es bueno variar. Y cuando dispongas, compartiría gustoso algo de eses violetas contigo - Digo levantando la pipa que he sacado del bolsillo de mi capa - Mi pipa la pongo yo - Una sonrisa agradable marca algunas arrugas prematuras en mi cara, algo maltratada por los elementos.
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Belasias
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  « 10 Noviembre, 2011, 21:45:49 »
Respuesta #53
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"El Silencio del Envidioso está lleno de Ruidos"
-¡Bien dicho! ¿Por qué conformarse con tan solo un sabor si la vida nos ofrece varios?, siéntese en uno de los dos sillones junto al fuego y encuentre, con tranquilidad, el fondo de su jarra de cerveza. Si así quiere, disfrute de alguno de los libros que reposan en la estantería junto a la chimenea, tan solo son cinco, y la mayoría regalados por buenos clientes, pero todos tratan de temas interesantes… en breve me acercare con su tabaco. -Y bajando de nuevo la voz, el posadero continuo en un susurro.- Y si ciertos clientes encuentran algo con lo que ocupar sus asuntos, tal vez podamos deleitarnos con esas violetas…
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Mergan
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  « 10 Noviembre, 2011, 23:26:28 »
Respuesta #54
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Asiento diligentemente con la cabeza y me levanto haciendo una pequeña reverencia.

- Será un placer sentarme junto al fuego - Digo mientras cojo mis cosas con una mano y la jarra de cerveza con la otra. Me acerco a uno de los sillones, el más cercano al fuego, dejando los bártulos a un lado y la cerveza al otro. Me acomodo un poco las ropas y ojeo los escasos libros de la estantería.

¿Que libros hay?
« última modificación: 16 Noviembre, 2011, 02:15:11 por Mergan »
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Belasias
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  « 15 Noviembre, 2011, 23:14:12 »
Respuesta #55
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"El Silencio del Envidioso está lleno de Ruidos"
La terriblemente vieja, pero aun resistente, estantería reposaba junto a la tranquila chimenea. El posadero no había mentido en sus palabras, había más mantas de blanca lana, toscamente tejidas, descansando en las gastadas repisas de sauce, que libros. Tan solo cinco tristes volúmenes que competían por el espacio con las ahuecadas, deshilachadas y manidas mantas, aunque para cualquier observador, y no hacía falta ser especialmente despierto para darse cuenta de ello, esta batalla hacía tiempo que había sido perdida por los libros, las victoriosas piezas de lana se regocijaban de su conquista ocupando más de los dos tercios de la estantería de madera blanca, algo comida por los años, y tal vez, por las termitas también, en alguna que otra ocasión en el pasado.

Mergan repaso los escasos títulos con no poco interés, a pesar de ser un número limitado, cada libro era un pequeño tesoro cargado del más variopinto conocimiento, como el viajero sin rumbo pudo descubrir. Ojeó el primero, descubriendo que debía de ser algún tipo de libro de antiguas recetas propias de la zona. Garabatos aquí y allí salpicaban las amarillentas hojas cubriendo cada renglón que la tipografía original había dejado en barbecho para que un novel escritor, como había ocurrido en esta ocasión, dejara su huella en tinta. En un primer momento el descalzo viajero pensó que tales garabatos habían nacido bajo la pluma que sujetaba los dedos de Akrathos, el enorme posadero podría haber rflejado sus impresiones por escrito de alguna de aquellas recetas, pero no tardo en descubrir que la letra, e incluso el color de la tinta -algunas veces antojada azul, otras verde y en muy pocas ocasiones incluso rojo, aunque tal vez esa última no fuera tal tinta- cambiaban en cada nuevo y extraño comentario que compartía lugar en ese olvidado listado de platos.

El siguiente volumen sorprendió especialmente al viajero, se trataba de uno de esos libros del norte, de las heladas tierras de Vradieslavia, y no lo descubrió por sus complicados caracteres, tan indescifrables y crípticos como las propias gentes que habitan esa tierra, sino por su original forma, un libro triangular, tan solo sujeto por su vértice más largo. Lo abrió, a pesar, de antemano saber que no lo entendería, pero la curiosidad, esta vez, le pudo más que la razón. El libro se desplegó en un abanico de hojas oscuras, pobladas por infinitas de esas peculiares letras en tinta plateada y dorada, que en ocasiones se abrazaban entre ellas en curiosas uniones sintácticas. De ser ciertas las historias, los cuervos habían aprendido esta curiosa confección de libros de los ahora extintos enanos, uno de los muchos legados que estos habían compartido con los humanos.

El fuego chispó, pequeñas esquirlas de madera incandescentes saltaron de la chimenea para morir consumidas antes de tocar el suelo cubierto por la alfombra manchada de hollín.

El tercer libro, olvidado, descansaba tumbado sobre la repisa, furtivo para aquella clientela que no se acercara lo suficiente a la vieja estantería donde reposaba. Las filigranas en su cubierta, las cuales ya habían perdido su color dorado en su mayor parte, rezaban “Romancero de una Guerra”, dentro, letras apiñadas, un concienzudo trabajo de imprenta, ofrecían en cada hoja un pequeño poema. Los pocos que leyó por encima Mergan hablaban de grandes héroes y cruentas batallas, pero todos tenían un común, la victoria del Imperio Asenita sobre la Corte Derrocada.

“Flora y fauna de la bahía de Varsilea”, un nombre interesante para el siguiente texto, tal como pensó el descalzo viajero.  A pesar de que Varsilea hacia años que había desaparecido, devorada por una horrible plaga que acabo con todos sus habitantes, según algunas pesimistas lenguas, o caída en desgracia tras años de continuos saqueos corsarios, según otras, el compendio naturalista se le antojó interesante a Mergan y disfrutó descubriendo como en cada hoja extraños animales que nunca antes había visto convivían entre ellos de las más peculiares formas interpretadas por la excesiva creatividad del artista que ilustraba cada una de las alocadas descripciones del escritor. Se sorprendió al descubrir una par de flores secas, olvidadas por su propietario y escondidas entre las hojas, las cuales habían manchado las ilustraciones donde habían sido ocultadas, dejando su silueta marcada como un preso marca los días perdidos en la pared de su oscura y olvidada celda.

El último tomo era pequeño pero grueso en su volumen, sus tapas eran de un oscuro y manchado cuero marrón y el olor a cerveza negra las impregnaba por completo, aunque la curiosa fragancia no hizo ascos a Mergan y en poco tiempo sus manos se contagiaron del fuerte aroma de la cerveza. Lo más sorprendente del aquel pequeño libro es que estaba sellado por un intrincado cerrojo, que a pesar de la sucia cubierta, se encontraba brillante como si alguien lo lustrara a conciencia cada día. Desgraciadamente para la curiosidad del viajero errante, aquel cerrojo se negaba a abrirse sin la llave adecuada para tal menester, sin llegar a compartir con este las maravillas que podría esconder en su íntimo interior.
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Mergan
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  « 16 Noviembre, 2011, 02:49:39 »
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   Negando con la cabeza aún con el último tomo en la mano, pienso en que razones puede tener un hombre para ponerle cierre a un libro y después dejarlo en una estantería. De todos modos no me gusta ser entrometido, y a veces la curiosidad, como todas las cosas en la vida, tiene  que esperar para ser resuelta.

   Dejo el libro sobre el estante con delicadeza y paso los dedos por encima del libro de recetas, no estaría mal aprender algún truco de cocina, vivir solo a veces quema la imaginación en temas culinarios. Tras pensarlo unos instantes cambio de opinión y cojo “Flora y fauna de la bahía de Varsilea”, aunque me gustan las canciones no me apetece leer poesía, prefiero aprender y divertirme.

   Dándole un último vistazo a la cubierta y el dorso me siento en el sillón ante el fuego, que crepita ufano repartiendo su calor por toda la estancia. Un buen lugar donde leer. Abro el libro y cojo las dos flores secas, las observo detenidamente antes de olerlas para después dejarlas entre la última página y la tapa posterior.

   Ya preparado me inclino y cojo la cerveza para darle un buen trago, sintiendo su amargura y magnetismo al unísono, la dejo donde estaba y empiezo a leer por la primera página, esperando a que venga Akrathos con el tabaco para completar este momento hedonista.
« última modificación: 16 Noviembre, 2011, 02:53:27 por Mergan »
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