El posadero dejó la bullida cocina entre espesas fumarolas de aromáticos vapores con un par de jarras de barro cocido, una de ellas cubierta de una espesa y blanca espuma, y se dirigió a la dispar pareja que había cruzado la puerta del “Refugio del peregrino”.
-Aquí tienen caballeros, un zumo de uva tinta, de los mismos viñedos del sur de Asenia, y una deliciosa cerveza rubia, de la mejor cebada que ha producido estas tierras.-
El gigantesco hombre poso ambas jarras con delicadeza, impropia de sus enormes manos, sobre la mesa y mostro una sonrisa a los visitantes antes de continuar su charla.
-Si necesitan cualquier otra cosa, no duden de pedírmela… hoy tenemos un riquísimo y exótico estofado de liebrilope que sería capaz de hacer chuparse los dedos hasta el mismísimo cocinero de la Emperatriz.
Despidiéndose con una nueva y afable sonrisa se dirigió a la barra donde la silueta solitaria esperaba pacientemente, dirigió una rápida mirada al fuego, comprobando que las agitadas llamas tuvieran suficiente madera con las que estar al menos un par de horas más ocupadas y finalmente, con un cortes carraspeo de su garganta, el posadero llamó la atención del viajero antes de comenzar a hablar.
-¡Claro que es sopa, caballero! La mejor sopa de verduras que podrá encontrar a este lado del Puente… está mal que yo mismo lo diga, pero esta sopa es una de las especialidades del “Refugio del peregrino”, cocinada con verduras frescas y servida con un suculento pan de centeno y trigo amasado con mis propias manos.-
Tras tomar un respiro orgulloso, el enorme posadero dedicó una de sus mejores y más amplias sonrisas al extraño para segundos después proseguir sus palabras con la misma convicción.
-¿Le sirvo entonces un humeante cuenco de sopa de verduras mientras se acerca a la lumbre y entra en calor? Prometo traerle también una manta con la que secarse y algo que beber que alegre sus cansados huesos.-